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Bendita Causalidad

Sobre cómo un virus puede no ser el causante de nuestra enfermedad.




Llevamos unos cuantos días de “confinamiento”. Creo que cinco. O seis. No estoy seguro de que “confinamiento” acabe de parecerme una palabra muy apropiada para describir la situación que tenemos, pero la voy a utilizar porque así nos entendemos todxs y porque así, en parte, nos sentimos un poco todxs. Confinadxs.


De repente, nos vemos forzadxs a no salir de nuestras casas más que para ir al súper. O a la farmacia. O en algunos casos, para salir a pasear con nuestrxs perrxs. Nos vemos obligadxs, básicamente (y por Real Decreto), a mantenernos entre cuatro paredes. Y nos vemos forzadxs, nos guste más o menos, a re-encontrarnos con nosotrxs mismxs. Quién nos iba a decir que un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede multiplicarse dentro de las células de otro organismo (así lo describe la Wikipedia) iba a irrumpir de forma tan abrupta en lo que percibimos como nuestra realidad para forzarnos a quedarnos en nuestras casas. Nos sentimos privados de libertad. Sea lo que sea que entendemos por libertad. Y en muchos casos, sentimos miedo. Sentimos pánico.


Y en ese miedo que sentimos, con ese pánico que notamos adentro, puede ser que sintamos el impetuoso impulso de escapar. Y de desviar nuestra atención que se va, mayoritariamente, a lo de fuera. A nuestras proyecciones. Empezamos a pre-ocuparnos por lo de fuera. A imaginar. Qué pasará con nuestros trabajos. Qué pasará con nuestra economía. Qué voy a hacer tantos días encerradx en casa. Y como eso nos genera cosas que no nos gustan (intranquilidad, angustia, ansiedad, preocupación, etcétera) empezamos a buscar distracciones. Nos chupamos temporada tras temporada de tal serie. Aprovechamos la suscripción Premium que Movistar+ y Pornhub nos han regalado durante un mes. Tratamos de intentar solucionar nuestras situaciones laborales. Empezamos a echar cuentas calculando cuánto dinero necesitaremos, de cuánto dinero vamos a disponer, y dejamos que nuestra imaginación se dispare tratando de vaticinar situaciones de las que no tenemos ni puta idea y que sucederán en eso que entendemos como “el futuro”. Nos cabreamos cuando vemos a alguien por la calle y echamos mil pestes de ellos. Engullimos lo que los medios de desinformación quieren darnos como en un intento de encontrar algo afuera que nos calme o, en los casos más optimistas, nos libere de esos miedos que estamos sintiendo. Sin ser conscientes de la vibración energética en que esos pensamientos y emociones nos están poniendo. Empezamos a pre-ocuparnos por lo de fuera. Y nos desocupamos de lo de dentro. Ya sabes, hacer todo esto no está ni bien ni mal. Tan solo que, así, seguimos en la enfermedad.


“Empezamos a pre-ocuparnos por lo de fuera. Y nos desocupamos de lo de dentro”.

Porque pudiera ser (y solo pudiera ser) que la enfermedad no estuviera causada por un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede multiplicarse dentro de las células de otro organismo. Pudiera ser (y solo pudiera ser) que la enfermedad fuera otra. Pudiera ser (y solo pudiera ser) que ese agente infeccioso solo fuera una manifestación de lo que, en realidad, nosotrxs mismxs estamos haciendo con la Vida. Con nuestra vida. Enfermarla.


Y es que todo pasa para algo. Bendita causalidad. Obsérvalo. No le pongas juicio a esto. Tan solo obsérvalo. Pudiera ser (y tan solo pudiera ser) que hayamos estado apretando tanto a la Vida, exigiéndole tanto a la Vida, que llegadxs a este punto la Vida nos ha dicho: “Basta. Hasta aquí hemos llegado”. Pudiera ser (y tan solo pudiera ser) que la hayamos tratado de apretar tanto y de una forma tan enfermiza (esa es nuestra enfermedad) que, de repente, ella misma (la Vida, claro) ha decidido echarnos una mano. Ha decidido ayudarnos, brindándonos la oportunidad perfecta para curarnos. Para curarnos de nuestra enfermedad. Y de aprender. Sobre todo de aprender (para despertar).


Pudiera ser (y tan solo pudiera ser) que haya llegado el momento de parar. De parar de verdad. No de parar porque nos obligan a estar en casa. De parar de verdad. Parar con nosotrxs mismxs. Parar para observar. Para sentir. Parar para tomar aire conscientemente y permitirle a la vida que empiece a manifestarse a través de nosotrxs. Sin restricciones. Sin tratar de escapar. Parar para sostener este momento. Para sostener lo que estamos viviendo. Para sostener lo que estamos sintiendo. Para escucharnos y escuchar a la Vida.


¿Estoy sintiendo miedo? ¡Bienvenido miedo! ¿Estoy sintiendo angustia? ¡Bienvenida angustia! ¿Siento ganas de llorar? ¡Bienvenido, llanto! ¿Estoy aburridx? ¡Bienvenido, aburrimiento! ¿Me siento tranquilx y relajadx? ¡Bienvenida, tranquilidad!


Porque las preguntas y el aprendizaje surgen ahí. ¿Qué me está diciendo acerca de mí este miedo que siento? ¿A qué tengo miedo? ¿Qué creencias tengo debajo de esos miedos? ¿Qué no estoy aceptando? Y, así, con todo lo demás. Con la angustia, con las ganas de llorar, con el aburrimiento y hasta con la tranquilidad y la relajación. Y es que al final, creo que la Vida (o el Universo, o Dios, o la Conciencia Superior o cada unx le llame como quiera) nos está poniendo esto delante para que aprendamos cosas. Para que elevemos nuestro nivel de consciencia.


“...la Vida (o el Universo, o Dios, o la Conciencia Superior, cada unx que le llame como quiera) nos está poniendo esto delante para que aprendamos cosas”.

Cuánto nos cuesta estar abiertxs a experimentar lo que está pasándonos, sea lo que sea lo que nos esté pasando en estos momentos. En todos y cada uno de los momentos de esto que estamos experimentando. Tratamos de escapar a lo que, de hecho, ya nos está pasando. O ya estamos sintiendo. ¿No es un poco sinsentido? Tratamos de escapar a lo que ya nos está pasando...


Me parece interesante observar nuestra tendencia general en estos días raros. Como intentamos, en vano, hacer caso omiso a lo que la Vida trata de decirnos. Intentamos, a pesar de estar en una situación totalmente anómala, que las cosas cambien lo menos posible. Nos aferramos a lo conocido. Queremos recibir nuestras clases de yoga online. Nuestras sesiones de terapia Gestalt o nuestras clases de cocina. Online, claro. Queremos escuchar en conciertos a través de Instagram Live a nuestros artistas favoritos.


Queremos, queremos, queremos. Como siempre.


Y en ese “querer” nuestro, sin darnos cuenta... Seguimos apretándole a la Vida. De forma totalmente inconsciente. Y no nos paramos a escuchar, en ningún momento, qué quiere la Vida. Qué nos está diciendo la Vida. Qué es lo que hace que nos esté pasando esto. Qué nos dice esta situación de nosotrxs como individuxs, como seres. Porque eso es lo que luego acaba reflejándose enlo colectivo.



Quizás no nos paramos porque al parar, sí o sí, íbamos a encontrarnos con nosotrxs mismxs. Sin disfraces. Sin máscaras. Sin personajes. Sin lo de fuera, que tanto está temblando en estos momentos. Íbamos a encontrarnos tan solo con lo que somos. Y no con lo que creemos ser... con lo que somos. Íbamos a encontrarnos cara a cara con la Vida. Una Vida que solo está tratando de ayudarnos a re-conocernos. Íbamos a vernos reflejados en la situación que estamos viviendo. En el cómo la estamos viviendo. Y, sobre todo, en el desde dónde la estamos viviendo. Y eso es, a mi parecer, lo que realmente nos da más miedo. Porque pudiera ser (y solo pudiera ser) que el momento nos esté invitando a transformarnos. Y eso nos genera un montón de resistencias Y de miedo, claro.


La Vida se está manifestando a través de nosotrxs y, por tanto, a través de la situación que, desde nuestra percepción, creemos que estamos viviendo. Y en vez de rendirnos a ella, de aceptarla tal y como es, de mostrarle gratitud por esta gran ayuda que nos está prestando para despertar y transformarnos... Escapamos. Y apretamos exigiéndole que sea de otra manera a como está siendo. No sé si esto que estoy diciendo tiene mucho sentido...


Hagamos alguna locura. Seamos atrevidos. No nos creamos nada. Experimentémoslo. Abramos nuestros corazones. Abrámonos a lo que este momento nos está trayendo. Abrámonos a escucharnos. A transformarnos. Abrámonos a dejarnos salir, esencialmente, mediante lo que la Vida está trayendo a través de nosotros (y, por tanto, de la situación). Abrámonos al amor que somos y que existe en el fondo de todas las cosas.


Paremos. Paremos de verdad. Y rindámonos. Aceptemos. Abrámonos a la Vida y a vivirla tal y como viene. Tal y como está siendo. Tal y como es.